13 de abril de 2024

La injusta desvalorización de la experiencia: Cesante a los 60 años.

Por Ítalo Soto, un humilde servidor.

La sociedad moderna se ha sumergido en una dinámica frenética que idolatra la juventud, la rapidez y la innovación. Sin embargo, en esta carrera contra el tiempo, a menudo olvidamos el valor incalculable de la experiencia y la sabiduría acumulada. Un claro reflejo de esto se observa en el mundo laboral, donde nuestros adultos mayores, con una vida de trabajo y esfuerzo detrás, enfrentan obstáculos considerables al buscar empleo.

El caso de mi madre ilustra a la perfección esta problemática. Con 62 años, se encuentra en la incómoda posición de quedar cesante. A pesar de haber dedicado gran parte de su vida al servicio de una empresa, al cumplir cierta edad, el sistema la ha dejado de lado, como si su contribución durante décadas hubiera perdido repentinamente su valor. Ahora, mira hacia un futuro incierto con una miserable pensión de $120.000, cantidad insuficiente para vivir con dignidad en la actualidad.

Punto aparte es el maldito sistema de pensiones, quienes incansablemente ofrecen pensiones geniales y dignas cuando eres cotizante nuevo, sin embargo, con el pasar de los años, los trabajadores, como mi progenitora, tienen que verse enfrentados a la cruda realidad de estrellarse contra un muro de obstáculos para tener dinero suficiente para una vejez adecuada. Son personas como ella las que se sienten decepcionadas, angustiadas y por sobre todo, engañadas por la herencia de la dictadura en los trabajadores. Lo digo fuerte y claro: No, el sistema actual no es un Mercedes que necesite bencina, el sistema actual es una guillotina a la dignidad.

Volviendo al tema, lo que resulta irónico es que la experiencia que poseen personas como mi madre no debería ser considerada un lastre, sino un activo invaluable para cualquier organización. El conocimiento tácito, el entendimiento profundo de los procesos, la capacidad de manejar crisis y la habilidad para mentorizar a generaciones más jóvenes son cualidades que no se adquieren de la noche a la mañana. La experiencia, como el buen vino, mejora con los años.

Desafortunadamente, el mercado laboral, en su búsqueda de costes menores y renovación constante, no reconoce este valor. Y la sociedad, en su conjunto, falla al no generar mecanismos que respalden adecuadamente a nuestros ancianos en su retiro.

Es esencial replantear esta mentalidad y estructura. Necesitamos políticas más inclusivas que no solo valoren la experiencia de los trabajadores mayores, sino que también les brinden oportunidades reales. De igual manera, es crucial reformar el sistema previsional, asegurando pensiones justas que permitan a nuestros mayores vivir con la dignidad que merecen.

La experiencia y la sabiduría de nuestros adultos mayores son un tesoro que no debemos desaprovechar. Es hora de honrar su legado, retribuyendo todo lo que nos han entregado con oportunidades, respeto y, sobre todo, con justicia.