En los últimos años, varios gobiernos en el mundo han sido señalados como “democracias iliberales”. El concepto puede sonar contradictorio, pero tiene una base clara: son regímenes donde existen elecciones, sí, pero las libertades civiles están seriamente limitadas.
El término fue popularizado por Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, quien en 2014 lo usó para describir su propio modelo político. Según él, una democracia no necesita ser liberal para ser efectiva. Desde entonces, su gobierno ha sido objeto de múltiples críticas por debilitar la independencia judicial, restringir la libertad de prensa y aprobar leyes que afectan a las minorías y a las organizaciones de la sociedad civil.
Orbán, en el poder desde 2010, ha impulsado reformas que le han permitido consolidar el control sobre el Estado, incluyendo cambios a la Constitución, al sistema electoral y a los medios públicos. Pese a todo, sigue siendo reelegido mediante votaciones, lo que alimenta el debate: ¿qué tan democráticos son estos sistemas?
Informes recientes de Freedom House y The Economist confirman que la democracia a nivel global ha retrocedido en la última década. Países como Hungría, Turquía, Rusia o incluso India muestran señales preocupantes de concentración del poder y debilitamiento institucional.
Importante: Una democracia no se define solo por el voto. También necesita separación de poderes, respeto a los derechos humanos y libertad de expresión.


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