Cada septiembre, las Fiestas Patrias parecen venir con un libreto conocido: empanadas sobre la mesa, pañuelos al aire y fondas repletas de música. Sin embargo, muchas de estas costumbres no nacieron junto con la Primera Junta de Gobierno de 1810. Algunas existían desde la Colonia, otras se incorporaron durante el siglo XIX y varias adquirieron carácter “nacional” mucho después. La celebración que hoy conocemos es el resultado de siglos de mezcla entre tradiciones campesinas, populares, indígenas, españolas y republicanas.
Llegó septiembre y Chile nuevamente se llena de banderas, parrillas, empanadas y cuecas. Para muchos, resulta difícil imaginar unas Fiestas Patrias sin una fonda, un pañuelo blanco o una empanada de pino.
Pero ninguna de esas costumbres apareció espontáneamente aquel 18 de septiembre de 1810, cuando se constituyó la Primera Junta Nacional de Gobierno.
La forma en que actualmente se celebra el “Dieciocho” es el resultado de un proceso mucho más largo, durante el cual antiguas expresiones de la cultura popular terminaron mezclándose con las conmemoraciones oficiales de la naciente República.
Las fondas existían antes de las Fiestas Patrias
Las ramadas tienen antecedentes incluso anteriores a la Independencia.
Memoria Chilena sitúa sus orígenes en el período colonial y las describe como espacios característicos de los sectores populares rurales, construidos generalmente con troncos y ramas y utilizados para comer, beber, cantar, bailar y reunirse. Con la migración hacia las ciudades, estas prácticas también comenzaron a instalarse en los sectores urbanos.
De ahí precisamente viene el nombre “ramada”: eran estructuras provisorias levantadas con ramas y troncos, fáciles de instalar y desmontar.
Aunque actualmente los conceptos de fonda, ramada y chingana suelen emplearse prácticamente como sinónimos, históricamente existían diferencias. Las ramadas eran instalaciones temporales; las chinganas estaban más vinculadas a sectores suburbanos y espacios populares estables; mientras que las fondas tenían construcciones más sólidas y originalmente también podían ofrecer alojamiento a viajeros.
¿Cuándo terminaron metidas en el Dieciocho?
Muy temprano.
Existen registros de reuniones populares realizadas en Santiago en 1811 para conmemorar el 18 de septiembre, apenas un año después de la Primera Junta de Gobierno.
Sin embargo, las primeras referencias específicas encontradas sobre la construcción de ramadas para celebraciones republicanas en Santiago corresponden a la década de 1830. En septiembre de 1832, por ejemplo, parte de la chacra El Conventillo fue destinada a instalar ramadas, juegos, ventas y otras entretenciones durante varios días.
La relación terminó fortaleciéndose especialmente después de 1837, cuando el 18 de septiembre quedó consolidado como la gran fiesta nacional.
Así, una celebración que inicialmente estaba relacionada con acontecimientos políticos fue incorporando prácticas mucho más antiguas provenientes del mundo rural y popular.
Las chinganas: el carrete del siglo XIX
Si hoy alguien entra a una fonda y encuentra música, comida, alcohol y una pista de baile, la escena no sería completamente extraña para un chileno del siglo XIX.
Las chinganas fueron uno de los principales espacios de sociabilidad popular de aquella época. Allí se bebía, comía, cantaba y bailaba, generalmente con acompañamiento de guitarras, arpas y cantoras.
También fueron fundamentales para el desarrollo de distintas expresiones musicales que posteriormente formarían parte del folclor chileno.
Con el avance del siglo XX, el concepto de fonda terminó desplazando progresivamente al de chingana y quedó estrechamente asociado a las celebraciones de septiembre.
¿Y la cueca?
Aquí aparece otra curiosidad.
La cueca lleva muchísimo más tiempo siendo bailada en Chile que siendo oficialmente nuestro baile nacional.
Sus orígenes han sido objeto de distintas teorías. Memoria Chilena destaca su relación con la zamacueca y antecedentes arábigo-andaluces, mientras diferentes investigadores también han estudiado influencias africanas, criollas y americanas en su desarrollo. A mediados del siglo XIX ya se encontraba ampliamente difundida y era interpretada tanto en espacios populares como en salones de sectores acomodados.
Las chinganas fueron precisamente uno de sus grandes escenarios.
Pero hubo que esperar hasta el 18 de septiembre de 1979 para que, mediante el Decreto N.º 23, la cueca fuera declarada oficialmente baile nacional de Chile.
Es decir, Chile llevaba generaciones zapateando antes de que el Estado pusiera el título por escrito.
La empanada llegó antes que la República
Y si la fonda es antigua, la empanada tampoco nació para acompañar las celebraciones independentistas.
Una publicación disponible en Memoria Chilena, editada con asesoría de la antropóloga Sonia Montecino y basada en trabajos sobre la historia de la alimentación en Chile, recoge antecedentes del historiador Eugenio Pereira Salas que sitúan rastros del consumo de empanadas en Chile ya en 1652.
Para 1807, incluso antes de la Primera Junta Nacional de Gobierno, la empanada ya era descrita como un alimento considerado “nacional”.
La empanada chilena también refleja el mestizaje que caracteriza buena parte de nuestra cocina.
El mismo trabajo relaciona el término “pinu” con una voz mapuche referida a trozos de carne cocida y explica que el tradicional relleno terminó conformándose con carne, cebolla, huevo, pasas y ají.
La preparación terminó instalándose fuertemente en fiestas y reuniones populares, acompañada por sopaipillas, cazuelas, asados y bebidas como la chicha.
Las mujeres también construyeron esta tradición
Hay además un protagonista que suele quedar fuera del relato tradicional del Dieciocho.
Las cocineras, amasanderas y “vivanderas” tuvieron un rol importante en la consolidación de estos espacios populares.
Durante el siglo XIX comercializaban pan, empanadas, frituras, cazuelas, pasteles, frutas y bebidas en calles, plazas, ranchos, pulperías y chinganas, muchas veces acompañando la venta con música, baile y juegos. Memoria Chilena señala que estos espacios fueron gestionados en buena medida por mujeres y terminaron formando parte de las tradiciones festivas del país.
Una fiesta que fue cambiando con Chile
Las fondas tampoco permanecieron congeladas en el tiempo.
Durante el siglo XX incorporaron electricidad, tocadiscos y nuevos géneros musicales. A la cueca se sumaron corridos, boleros, cumbias, rock y otros ritmos que fueron transformando la celebración.
Un ejemplo emblemático ocurrió en 1996, cuando nació la Yein Fonda, que reunió sobre un mismo escenario a cuequeros, cumbiancheros y músicos ligados al rock.
Por eso, hablar de las tradiciones del Dieciocho no significa necesariamente hablar de costumbres que surgieron en un único momento histórico.
La fonda viene del mundo popular y campesino; la cueca recorrió chinganas y salones mucho antes de ser declarada baile nacional; y la empanada ya formaba parte de la cocina local antes de que Chile iniciara su proceso independentista.
Las Fiestas Patrias que conocemos hoy son, en buena medida, el resultado de haber convertido esas costumbres acumuladas durante siglos en símbolos de una celebración nacional.


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