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La cortina de humo del pan (y la mantequilla que la acompaña)

El agricultor recibió $205 por el trigo de un kilo de pan. El consumidor paga entre $2.000 y $3.500. Y los industriales tienen una larga lista de explicaciones; ninguna alcanza para cubrir la diferencia.

Sorpresa nacional: el pan subió. La prensa lo descubre, los industriales lo lamentan, el Ministerio de Agricultura promete un estudio. Y aparece, por costumbre, el culpable habitual: el agricultor. Repasemos, antes de la condena, la receta.

Un kilo de pan necesita 780 gramos de harina, que salen de un kilo de trigo (780 g de harina + 220 g de afrecho). El molino pagó $220 por ese kilo puesto en planta; el productor financió el flete, $15, y recibió en su mano $205. El molino vendió aparte el afrecho y recuperó otros $15. Costo neto del trigo para la harina del pan: $205. Exactamente lo que recibió el agricultor. La góndola, en cambio, vende ese pan entre $2.000 y $3.500. Entre uno y otro número, alguien está haciendo un trabajo notable. No es el campo. Tampoco la dueña de casa.

Y para que no quede duda de cuán capturado está el mercado, basta entrar al sitio oficial de Compañía Molinera San Cristóbal: Planta Santiago, cerrada. Maipú, cerrada. Malloco, cerrada. San Bernardo, cerrada. Las cuatro plantas de la Región Metropolitana, sin comprar trigo nacional desde el 24 de enero. Cuatro meses. Sólo Cajón (Temuco) opera, a un máximo de $265 el kilo. No es metáfora; está publicado.

Y como a no pocos les gusta untar la marraqueta con un poco de mantequilla, conviene seguir el cálculo hasta ahí. La pauta de pago oficial de Soprole, vigente desde octubre de 2024, fija el kilo de materia grasa en $1.200 para el productor. Un kilo de mantequilla incorpora unos 820 gramos de esa grasa: el lechero recibió $984. Esa misma mantequilla, marca Soprole, se vende en góndola entre $10.760 y $17.160 el kilo. Factor entre once y diecisiete veces. Quien acompaña su pan con mantequilla, en definitiva, paga dos veces el mismo abuso: una por la harina y otra por la grasa.

Circulan, por supuesto, explicaciones alternativas: subieron los fertilizantes (que el panadero no usa). Subió el saco de la harina, la electricidad del molino, el papel que envuelve la mantequilla. (Por la sal no nos preocupemos: esa la ignoramos.) Sería útil que la industria publicara cuánto pesan, en pesos, esos insumos en el costo final. Sospechamos que la cifra sería tan menor, tan irrelevante, que no alcanza para explicar nada. Pero suena bien en el comunicado de prensa.

Aclaremos algo: no pedimos subsidios. Nunca los hemos pedido. Pedimos lo contrario: que terminen las distorsiones que premian al importador y castigan al productor, al transportista y al consumidor. Porque el subsidio, cuando llega, lo paga el chileno más pobre. Y porque cuando el campo se vacía, se vacía también el camionero al que no le reajustaron el flete, el almacenero del pueblo, la escuela rural.

Estamos, dueña de casa y agricultor, jugando el mismo partido. Y lo estamos perdiendo los dos. La diferencia es que algunos, en el medio, ganan los dos lados de la cancha.

— Asociación Gremial Agricultores Unidos AG