Observo con profunda preocupación el actual escenario político chileno, agravado en el último tiempo y habiendo vivido de cerca los ciclos de luz y las noches más oscuras de nuestra historia republicana. Nos hemos acostumbrado a una dinámica estéril: una guerra de trincheras donde la prioridad ya no es solucionar los problemas del país, sino propinarle una derrota cultural y total al adversario. En este juego de sumas cero, la política se ha vuelto un espectáculo de descalificaciones mutuas y luchas por una hegemonía que nadie logra consolidar.
Frente a este atolladero que nos paraliza, la palabra «reconciliación» suele hacer, ocasionalmente, algunas apariciones en el debate público, pero lamentablemente lo hace distorsionada. Para muchos, hablar de reconciliación suena a un llamado ingenuo, a un abrazo forzado entre enemigos, o peor aún, a una forma camuflada de renuncia, sometimiento y derrota. Se piensa que reconciliarse es bajar los brazos, deponer las convicciones o aceptar el statu quo por cansancio.
Hay, sin embargo, una veta del pensamiento clásico universal que nos ofrece una salida mucho más madura. En esta perspectiva, la historia de una nación no es una línea recta ni un caos sin sentido; es el despliegue del espíritu de un pueblo que aprende y madura a través de sus propias contradicciones. La auténtica reconciliación es el fruto de ese aprendizaje histórico. No es resignación ni debilidad; al contrario, es el acto de mayor realismo y valentía que una sociedad puede emprender cuando comprende el camino recorrido.
Reconciliarse políticamente significa asumir que el «otro» —ese adversario al que hoy se intenta cancelar— representa una porción legítima, permanente y necesaria de la realidad de Chile. El espíritu de nuestra historia nos demuestra que ni la derecha va a hacer desaparecer a la izquierda y sus demandas de justicia social, ni la izquierda va a refundar el país desde una hoja en blanco obviando el deseo de orden, crecimiento y libertad individual que defiende el otro sector. Ambos proyectos, con sus tensiones, conviven en el mismo suelo y son las dos almas que empujan el desarrollo de nuestra identidad.
Por lo tanto, la reconciliación como proyecto político no busca que todos pensemos igual ni que desaparezca el conflicto, el cual es natural en cualquier democracia. Lo que busca es superar la alienación actual: ese sentimiento ciudadano de que el Estado y sus instituciones se han vuelto entes ajenos y fríos porque la elite los usa solo para bloquearse mutuamente.
La reconciliación como alternativa viable a la polarización consiste en diseñar un espacio institucional donde las fuerzas opuestas acepten que su propia supervivencia depende de la existencia del otro. Es comprender que la historia nos está forzando a transformar el conflicto callejero o tuitero en reformas graduales pero profundas (en salud, pensiones y seguridad, entre otras necesarias), donde ambas partes son generosas para integrarse en un nuevo equilibrio.
Tras el evidente fracaso de las propuestas extremas e identitarias que han tensionado a Chile en los últimos años, queda en claro que el país rechaza las verdades totales y absolutas. Es el propio espíritu de nuestra sociedad el que hoy exige madurez. Ofrecer la reconciliación como un proyecto político real es devolverle a la política su dignidad original: la de ser la herramienta para que un pueblo, con todas sus legítimas diferencias, pueda habitar y construir una casa común. No es una derrota; es la única victoria colectiva que la historia hoy nos pone por delante.


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