Durante décadas, la Región de La Araucanía ha sido observada desde el centro del país como un territorio de brechas y rezagos. Sin embargo, esa lectura incompleta ha tendido a invisibilizar una realidad más compleja, pues la región posee capacidades económicas, humanas y culturales que, bien articuladas, podrían situarla en una trayectoria de desarrollo muy distinta. Lo que hoy observamos es, en rigor, una paradoja muy conocida cuando atisbos de dinamismo en un territorio emergen sobre una estructura productiva que aún no logra desplegar todo su potencial. El crecimiento de la actividad económica regional confirma que cuenta con recursos, talento y oportunidades para expandirse, pero también recuerda una lección básica de la economía, crecer no es lo mismo que desarrollarse. La Araucanía continúa enfrentando brechas persistentes en productividad, inversión y capital humano, factores que explican por qué episodios de expansión económica suelen convivir con empleos de baja calidad, informalidad y salarios que crecen con mayor lentitud que en otras regiones del país.
Parte de esta realidad se explica por una matriz productiva históricamente concentrada en actividades intensivas en recursos naturales y servicios de menor productividad relativa. Estas actividades sostienen buena parte de la economía local, pero difícilmente generan, por sí solas, los saltos necesarios para transformar de manera profunda el bienestar de los hogares. Por ello, incluso cuando su PIB crece lentamente, el impacto en las trayectorias laborales y en los ingresos de largo plazo suele ser limitado.
En este escenario, las universidades regionales han desempeñado un rol silencioso pero fundamental en la formación de capital humano y generación de conocimiento pertinente, abriendo oportunidades de movilidad social para miles de jóvenes. Sin embargo, emerge una tensión evidente, pues la región aún no crea suficientes oportunidades para retenerlo. Así, La Araucanía invierte en la formación de talento que, con frecuencia, termina desplegando su potencial lejos del propio territorio.
Este desafío adquiere aún mayor relevancia en un contexto en que las proyecciones económicas para el país y región anticipan un ciclo de crecimiento y empleo moderado en los próximos años. En un escenario de expansión acotada, La Araucanía no podrá depender exclusivamente del impulso macroeconómico nacional. Esta debe activar sus ventajas competitivas, identidad cultural, recursos naturales y conocimiento para lograr construir trayectorias de desarrollo sólidas. Aquí se abre una pregunta inevitable para el nuevo ciclo político que comienza a vislumbrarse. ¿Seguirá La Araucanía siendo observada como un problema que administrar, o comenzará a ser entendida como un territorio con potencial estratégico para el desarrollo nacional?
La historia demuestra que no está condenada por sus brechas. Pero también enseña algo igualmente importante y es que el potencial, por sí solo, no transforma las economías. Se requieren decisiones, liderazgo y visión de largo plazo. La Araucanía posee los activos para cambiar su futuro, el desafío ahora es político, decidir si seguiremos administrando sus rezagos o nos atreveremos a convertir su potencial en desarrollo.
Mg. Humberto Salas Jara
Director Corporativo de Vinculación con el Medio
Docente, Magíster en Dirección de Personas y Gestión del Talento
Universidad Autónoma de Chile


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