A todas las pymes de La Araucanía, las que existen con esfuerzo, las que recién están partiendo, y las que aún no se rinden, va primero mi saludo. Este 16 de abril se conmemora el Día Mundial del Emprendimiento, y ustedes, nosotros, somos los verdaderos protagonistas.
Quienes, con las manos en la tierra o frente a un computador, con un carrito, una idea, un taller, una feria o una pyme formalizada a pulso, decidimos seguir creyendo en este país y en esta región. Aunque a veces parezca que nadie más lo hace. Un día para celebrar la innovación, el esfuerzo y la valentía de miles de personas que, pese a todo, deciden crear algo propio.
Pero desde La Araucanía, esa celebración suena distinta. Porque acá, emprender no es solo una decisión… es una lucha.
Soy dueño de una pequeña empresa en la región. Y cuando digo “pequeña”, no es solo una categoría económica: es una forma de vida que muchos compartimos. Emprender aquí no es moda, ni una alternativa digital glamorosa.
Es un acto de fe diaria. La Araucanía es una de las regiones más pobres del país, y lo sabemos bien, porque lo vivimos en carne propia. Y, sin embargo, aquí hay talento, creatividad, esfuerzo y una resiliencia que no se ve en los informes del gobierno.
Desde hace años escuchamos a las autoridades hablar de apoyo, de fomento productivo, de impulso a las pymes. Se anuncian recursos, se lanzan programas, se firman convenios… pero a la hora de la verdad, la ayuda es mínima, simbólica, y muchas veces inaccesible. Los fondos no alcanzan. Los requisitos son imposibles. Y las soluciones llegan tarde o simplemente no llegan.
Peor aún, muchas de las decisiones estratégicas que nos afectan se toman en escritorios donde no hay profesionales capacitados, ni experiencia en gestión territorial, ni conocimientos técnicos sobre economía local. A menudo son cargos políticos, rotativos, o simbólicos.
Y eso se nota. Porque una región como La Araucanía no puede seguir siendo pensada desde la improvisación. Mientras tanto, seguimos sosteniendo empleos, pagando impuestos, moviendo la economía local.
Seguimos trabajando, a veces sin descanso, haciendo malabares para cumplir, para crecer, para no desaparecer. Nosotros no pedimos caridad. Pedimos oportunidad. Queremos reglas claras, acceso real a herramientas, y políticas públicas pensadas para el territorio, no recicladas desde la capital.
Queremos que nos miren no como “casos de esfuerzo”, sino como lo que realmente somos: el motor silencioso de la economía local.
Y más allá de las cifras y los programas mal ejecutados, lo que pedimos también es algo simple, pero urgente:
Queremos una región viva. Un Temuco que inspire. Una ciudad alegre, con energía, donde la gente se levante cada día con la posibilidad real de hacer algo, emprender, de aprender, de participar en lo cultural, en lo comunitario, en lo humano.
Queremos calles con seguridad, plazas con movimiento, espacios donde quedarse, no donde huir.
Eso también es desarrollo.


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