A ciento cuarenta años de Chicago, la pregunta sigue siendo la misma, ¿cuánto vale un ser humano cuando produce para otro?
Hay fechas que no conmemoran victorias. Conmemoran heridas.
El 1° de mayo de 1886, en Chicago, miles de trabajadores salieron a las calles con una demanda que hoy parece modesta, no trabajar más de ocho horas al día. La respuesta del Estado fue brutal. De aquella jornada de sangre emergió una de las conquistas más importantes de la modernidad jurídica, el reconocimiento de que el cuerpo humano tiene límites, y que esos límites no pueden ser negociados por el mercado.
Lo que estaba en juego entonces, y sigue estándolo hoy, es una pregunta filosófica fundamental, ¿es el trabajo humano una mercancía, sujeta a la ley de la oferta y la demanda, o es la expresión misma de la dignidad de la persona? La respuesta no es neutral. Define el tipo de sociedad que construimos.
El liberalismo clásico ofreció una respuesta elegante, el contrato de trabajo sería un acuerdo libre entre partes iguales. El trabajador ofrece su tiempo, el empleador su capital. Nadie obliga a nadie. La transacción es voluntaria, luego es justa. Esta narrativa tiene la seducción de lo simple, y el defecto de lo falso.
Quien llega a negociar con necesidad no negocia en condiciones de libertad real, la libertad contractual sin condiciones materiales no es libertad, es una ficción. Como advirtió Hegel, una voluntad abstracta, despojada de su contexto social, es una construcción jurídica vacía. El desarrollo del derecho laboral en el siglo XX, desde Weimar hasta los estados de bienestar, no hizo más que reconocer esa realidad.
La dignidad del trabajador no se negocia en una hoja de cálculo. Se reconoce, o se vulnera, en cada decisión laboral que tomamos como sociedad.
El derecho del trabajo no es un conjunto de restricciones al mercado. Es, en esencia, filosofía moral aplicada. El salario mínimo, la protección frente al despido arbitrario y el derecho a huelga responden a una convicción ética básica, que hay algo en la condición humana que no puede reducirse a un precio.
La Constitución de la Organización Internacional del Trabajo, en 1919, lo expresó con claridad, “el trabajo no es una mercancía”. No es una frase técnica. Es una declaración civilizatoria. Surgió tras la Primera Guerra Mundial, cuando la devastación evidenció que la explotación sin límites y la deshumanización productiva eran parte de una misma lógica, la subordinación de la vida humana a la eficiencia.
Hoy, esa tensión reaparece bajo nuevas formas, plataformas digitales, algoritmos, subcontratación difusa. La pregunta es urgente, ¿cómo protegemos la dignidad cuando la relación laboral está mediada por código? Ignorarla no la hace desaparecer.
Sería cómodo pensar que las conquistas laborales son permanentes. No lo son. Las ocho horas, las vacaciones, la seguridad social y la negociación colectiva son el resultado de equilibrios históricos que pueden cambiar. Lo vimos en los años noventa, lo vemos hoy en reformas que, bajo el lenguaje de la flexibilidad, debilitan protecciones fundamentales.
El 1° de mayo no es nostalgia. Es memoria y vigilancia. Los trabajadores de Chicago no lucharon por un pasado. Lucharon por un futuro aún inconcluso.
Un futuro en el que el trabajo sea expresión de la persona, y no simplemente su precio en el mercado.
EQUIPO FUERA ACOSADORES


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