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El lenguaje inclusivo: ¿Es realmente una imposición innecesaria?

Por: Melissa Riquelme, periodista de Novena Digital.

En los últimos años, el debate sobre el lenguaje inclusivo ha cobrado fuerza en distintos sectores de la sociedad. Por una parte, hay quienes defienden su uso como una herramienta de justicia social, destinada a erradicar la discriminación y dar visibilidad a todos los géneros. Por otro lado, hay quienes argumentan que su imposición no sólo es innecesaria, sino que también puede resultar contraproducente, particularmente cuando se trata de su aplicación en instituciones públicas y privadas.

Primero, es importante entender que el lenguaje, como reflejo de la cultura, evoluciona naturalmente a medida que las sociedades cambian. En el caso del español, como en cualquier otro idioma, los cambios lingüísticos son producto de un proceso de adaptación que ocurre gradualmente, impulsado por el uso y la aceptación social. El lenguaje inclusivo, sin embargo, parece haber sido promovido de manera forzada desde ciertos sectores, sin que haya una demanda generalizada ni un consenso claro sobre su utilidad real.

Uno de los principales argumentos en contra de la imposición del lenguaje inclusivo es que, lejos de ser una herramienta de inclusión, puede convertirse en una imposición ideológica. Muchas personas sienten que el uso obligatorio de términos como “todes” o “todxs” no responde a una necesidad real de la lengua, sino más bien a un intento de adecuar el lenguaje a posturas ideológicas de ciertos grupos. Este tipo de imposiciones, a menudo promovidas por un pequeño sector de la sociedad, ignoran la pluralidad de opiniones y tradiciones lingüísticas que existen en la comunidad. Al imponer un uso normativo del lenguaje inclusivo, se corre el riesgo de crear divisiones innecesarias y generar una especie de “dictadura del lenguaje” que puede resultar alienante para aquellos que no comparten la visión de quienes promueven estas modificaciones.

Desde el punto de vista de la corrección lingüística, el español es un idioma con una estructura bien definida, que ha evolucionado durante siglos, respetando reglas que son comprendidas y aceptadas globalmente por hablantes de distintas naciones. Cambiar estas reglas sin una base sólida de consenso o sin una necesidad lingüística clara, puede generar confusión, dificultad en la comunicación y, en última instancia, puede restar claridad al discurso. Si bien es cierto que el lenguaje tiene un impacto en cómo entendemos la realidad, también es importante recordar que la lengua no debe ser una herramienta que se doblegue ante demandas de representación que no son universalmente aceptadas.

Además, uno de los puntos más preocupantes de la penalización del lenguaje inclusivo en instituciones públicas y privadas es la cuestión de la representación. Los defensores del lenguaje inclusivo afirman que es una manera de garantizar la visibilidad y el respeto hacia los géneros no binarios. Sin embargo, este argumento se encuentra con un obstáculo importante: la complejidad de imponer una norma que no es compartida por la totalidad de la sociedad. La pluralidad de identidades y experiencias humanas es, sin lugar a dudas, un aspecto fundamental, pero también lo es la libertad de las personas para elegir cómo se comunican. De igual manera, la solución no necesariamente pasa por la imposición de nuevos términos, sino por un cambio cultural más profundo que fomente el respeto y la comprensión sin modificar de manera artificial las estructuras lingüísticas.

Por último, es necesario reconocer que el lenguaje inclusivo no es la única vía para garantizar la igualdad y la inclusión de género. De hecho, la verdadera representación y visibilidad de los géneros no binarios o de las minorías sexuales no debe reducirse a la modificación de ciertas palabras. La inclusión y el respeto se construyen principalmente a través de cambios en las actitudes, en las políticas públicas, en la educación y en la forma en que tratamos a las personas en nuestra vida cotidiana. La solución no radica en imponer nuevas formas de hablar, sino en cultivar un entorno de respeto que permita a todos sentirse igualmente valorados, sin importar su identidad de género.

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