Las carreras de galgos, una práctica que, junto con el rodeo, muchos pretenden justificar bajo el manto de la «tradición», no son más que una forma encubierta de maltrato animal. En estas competencias, los perros son sometidos a entrenamientos extenuantes, confinados en jaulas diminutas y, en muchos casos, abandonados o sacrificados cuando ya no son «útiles» (o viejos). El sufrimiento físico y psicológico al que son sometidos estos animales no tiene justificación moral, ni siquiera bajo el más retorcido de los pretextos culturales.
Lo que resulta aún más indignante es la burla con la que algunos «defensores de las tradiciones chilenas», en su mayoría alineados políticamente con la derecha, celebran la continuidad de estas prácticas. Aplauden con fervor el rechazo de medidas que buscan proteger a los animales, argumentando que prohibir las carreras de galgos sería un ataque a la cultura nacional. ¿Desde cuándo la tortura se ha convertido en un pilar de la identidad chilena?
La respuesta de estos defensores de lo indefendible no es solo ignorante, sino también profundamente hipócrita. ¿Acaso la calidad de vida de un ser vivo importa menos que la perpetuación de una tradición? Estos mismos individuos que se rasgan las vestiduras por cualquier cambio en sus prácticas «culturales» no tienen reparos en ignorar el sufrimiento de los animales. Resulta curioso, además, que quienes más se aferran a estas costumbres suelen ser los mismos que rechazan cualquier avance social o ético que contradiga sus privilegios. Y no nos equivoquemos: la defensa de estas «tradiciones» no es más que una excusa para perpetuar el status quo y resistirse a cualquier tipo de cambio que implique una mayor sensibilidad y conciencia social.
Esos que se autodenominan protectores de la cultura chilena parecen tener una extraña idea de lo que significa la tradición. Para ellos, esta palabra es sinónimo de inmovilismo, de negarse a evolucionar y de mantener prácticas que deberían haber quedado en el pasado. Su renuencia a aceptar que las tradiciones pueden y deben cambiar con el tiempo para adaptarse a los avances en ética y derechos es preocupante. En lugar de mirar hacia un futuro más justo y compasivo, prefieren anclarse en un pasado que solo les sirve a ellos mismos y a su discurso de dominación.
El hecho de que la gran mayoría de los diputados que rechazaron la medida para prohibir estas carreras provengan de la derecha no es una casualidad. Es un reflejo de una mentalidad que valora más la preservación de costumbres crueles que el bienestar de los animales. Menos mal que golpear a las mujeres no es parte de ninguna tradición, porque si así fuera, seguramente también encontrarían alguna manera de justificarlo en nombre de la «cultura» o la «familia».
Es hora de que como sociedad dejemos atrás estas prácticas barbáricas y que no nos dejemos engañar por quienes, bajo la máscara de defensores de las tradiciones, no hacen más que perpetuar la crueldad y el maltrato. La cultura no debe ser una excusa para la violencia, y es nuestra responsabilidad exigir un cambio que refleje verdaderos valores de compasión y respeto por todas las formas de vida.
El progreso no se detiene, y afortunadamente, cada vez son más las voces que se levantan en contra de estos abusos. Los verdaderos defensores de la cultura chilena deberían ser aquellos que abogan por un país más ético, más justo y más humano, no quienes se aferran a tradiciones que solo traen sufrimiento.
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