Este pasado 26 y 27 de octubre, fui vocal de mesa en la Escuela Particular Santa María de la Ribera, que sirvió como local de votación en las elecciones regionales y municipales. No obstante, lo que quedó en mi memoria no fueron las papeletas o el flujo de votantes, sino el estado lamentable de la infraestructura de este colegio, ubicado en un sector vulnerable de Temuco. En Santa María de la Ribera, las instalaciones reflejan una precariedad que impacta no solo en quienes visitan por unos días, sino especialmente en los estudiantes que pasan ahí buena parte de su infancia.
Lo primero que impacta al entrar es su “anfiteatro”. Nominalmente, este espacio pretende ser un lugar de encuentro y de actividades artísticas o culturales, pero la realidad es otra. Sin cielo falso, con vigas visibles, palos y tablas desgastadas, parece más un vestigio de décadas pasadas que un sitio apto para las necesidades de hoy. Las fundaciones, visibles y viejas, evidencian el desgaste del tiempo, y la falta de inversión es tan notoria que uno se pregunta si en cualquier momento este espacio podría tornarse un riesgo para quienes lo ocupan.
Aún más indignante resulta la situación de los baños. Aunque se mantienen limpios, la precariedad es evidente: instalaciones básicas, antiguas, que parecen estar ahí solo para cumplir la función mínima de su propósito. Es un escenario que plantea preguntas inevitables: ¿es digno estudiar así?, ¿qué mensaje reciben estos niños y niñas sobre su propio valor y el del lugar donde reciben su educación?
Lo preocupante es que estos problemas no se limitan a la infraestructura física. Santa María de la Ribera reúne a estudiantes de sectores vulnerables de Temuco, como Villa Pomona, Turingia, Villa Langdon y Santa Rosa. No hablamos de un colegio rural, que podría justificar cierta lejanía con recursos o acceso limitado, sino de una escuela en la ciudad, en un área urbana y vulnerable. Con este tipo de condiciones, los estudiantes de este colegio empiezan con una gran desventaja, sin que hasta ahora parezca importarles a las autoridades que prometen dignidad.
Es sabido que la crítica siempre ha estado en los colegios público municipales, quienes históricamente, han tenido problemas de infraestructura, pero los ejemplos en preocupación son evidentes: Reposición del Liceo Pablo Neruda, Mundo Mágico, Escuela de Mollulco (pronto a iniciarse). Qué hablar de la Escuela Particular de Malalche Rincón, en Chol Chol, que cuenta con edificios modernos y adecuados, o el recientemente inaugurado Liceo Jorge Tellier de Lautaro con la infraestructura educativa pública más moderna de Chile. Si hasta Temucuicui, una localidad con muchas complejidades socioeconómicas y culturales, tiene un edificio moderno, seguro y con todas las comodidades que se ajustan a las necesidades educativas del siglo XXI y la era digital.
Esto nos lleva a preguntar: si esta es una escuela particular subvencionada, ¿dónde están las subvenciones? ¿Quién supervisa el uso de esos fondos? Es sabido que muchas veces la falta de fiscalización permite que recursos destinados a mejoras y mantenimientos esenciales no lleguen a donde deberían. Y así, la inversión que debería asegurar baños dignos, techos adecuados y espacios seguros se queda en algún intermediario, o se esfuma en el papeleo burocrático.
Este colegio es un llamado de alerta sobre la situación de la educación en Temuco y en el país. No es un tema de comodidad, sino de dignidad y de derechos. No podemos esperar que los niños de la Escuela Santa María de la Ribera reciban una educación de calidad si las condiciones mínimas de infraestructura y seguridad no están presentes en su entorno. Es momento de que quienes tienen la autoridad y los recursos para realizar cambios en el sistema de subvenciones, y en la fiscalización de su uso, se pregunten seriamente: ¿qué tipo de educación estamos entregando?
La educación en sectores vulnerables como este no solo debería ser igual a la de sectores más acomodados, sino que debería ser aún mejor, si consideramos que el objetivo es reducir las brechas de desigualdad. Hago un llamado urgente a las autoridades locales, al sostenedor del colegio en cuestión, a la comunidad educativa, a los encargados de la fiscalización de subvenciones y a toda la comunidad de Temuco: nadie merece estudiar así en 2024.
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