Hoy en día, las políticas culturales enfrentan una encrucijada peligrosa: atrapadas entre la instrumentalización del arte para cumplir objetivos superficiales, la falta de comprensión de quienes toman decisiones y la presión creciente de la «economía creativa». Esta combinación ha generado una crisis en el sector cultural, donde la precarización y la subvaloración del trabajo del artista son consecuencias de una gestión que prioriza el espectáculo y la rentabilidad sobre el desarrollo cultural genuino.
Desde la política pública y comunal, quienes deciden sobre políticas culturales a menudo no poseen el conocimiento necesario para valorar el quehacer artístico. Este desconocimiento conduce a la subvaloración de los artistas, quienes enfrentan condiciones laborales precarias y pagos insuficientes, viéndose obligados a trabajar en un entorno que reduce su rol al de mero entretenimiento o herramienta educativa. Lo lamentable de esto, es que se invisibiliza lo real sobre el proceso creativo, la inversión emocional y el esfuerzo que implica el trabajo artístico. Como advierte Pierre Bourdieu, la cultura también refleja las jerarquías sociales y, en este caso, la falta de valoración profesional refuerza las desigualdades, convirtiendo al artista en una figura cada vez más precarizada y dependiente de políticas que no comprenden ni respetan su labor.
La instrumentalización del arte como medio para el desarrollo de habilidades socioemocionales o competencias es otro aspecto de esta crisis. Aunque el arte tiene el poder de enriquecer nuestras habilidades y fomentar el desarrollo personal, reducirlo a una herramienta funcional limita su potencial estético y crítico. En lugar de apoyar la libertad creativa y la profundidad de las prácticas artísticas, las políticas públicas parecen más interesadas en convertir el arte en un vehículo de formación que en un espacio de cuestionamiento y exploración. Theodor Adorno y Max Horkheimer criticaron precisamente esta tendencia en la industria cultural, señalando que cuando el arte se convierte en un producto útil y moldeable para cumplir funciones externas, pierde su capacidad transformadora. Hoy, esta instrumentalización política convierte al arte en un “recurso” que se utiliza solo para cumplir objetivos educativos o sociales, en lugar de valorarlo como un espacio autónomo de reflexión, experimentación y expresión.
Además, se observa un enfoque casi exclusivo en la creación de nuevas audiencias, pero con un énfasis en el acceso a espectáculos masivos, donde el espectador queda en un rol pasivo de consumidor. Umberto Eco, al proponer la idea de “obra abierta”, subraya la importancia de que el espectador se involucre activamente en la creación del significado de una obra. Sin embargo, en la lógica actual, el público se ve reducido a un receptor pasivo de entretenimiento, limitado a consumir lo que se le ofrece sin un compromiso real con la experiencia artística. Esto no solo empobrece el valor del arte, sino que promueve una relación superficial y de consumo rápido, en la que el espectador pierde la oportunidad de participar en una experiencia transformadora y reflexiva.
En este esquema, la “economía creativa” se ha convertido en un actor clave que también plantea desafíos. Aunque se promueve como una vía para el desarrollo económico, la economía creativa tiende a reducir el arte y la cultura a un recurso comercial, evaluado por su capacidad de generar ingresos en lugar de su valor cultural o humano. Néstor García Canclini señala que este fenómeno lleva a que la cultura pierda su función social y se convierta en un bien de consumo en el mercado global. Esto afecta especialmente a las expresiones artísticas experimentales o de pequeño formato, que no encajan en la lógica de la rentabilidad inmediata y que, por tanto, quedan relegadas en las políticas de financiamiento y apoyo.
El enfoque económico de la cultura prioriza el espectáculo masivo sobre los proyectos culturales que promueven la diversidad y la expresión local. Terry Eagleton critica esta tendencia, advirtiendo que la cultura se convierte en entretenimiento superficial, distanciándose de su papel como un espacio educativo y crítico. La priorización de eventos de gran visibilidad responde a la presión de la economía creativa, donde lo rentable y lo masivo se valoran más que la autenticidad o el contenido significativo. Como resultado, la cultura se homogeniza y se convierte en un producto que apela a las masas, sin fomentar una verdadera apreciación artística o el desarrollo cultural.
Para revertir esta crisis, es fundamental que las políticas culturales dejen de priorizar la lógica del espectáculo, la rentabilidad inmediata y la instrumentalización educativa, y que en su lugar consideren el arte como un valor en sí mismo. Es urgente que quienes toman decisiones en el ámbito cultural se capaciten y comprendan la verdadera naturaleza del trabajo artístico, de modo que puedan implementar políticas que respeten y valoren a los artistas y su labor. Necesitamos políticas que no solo fomenten el acceso, sino que impulsen experiencias artísticas auténticas, respetuosas y transformadoras, que inviten a las personas a participar y reflexionar, con pertinencia territorial y que logre abarcar a todos los territorios, permitiendo la consagración del derecho a acceder a la cultura, experimentarla y apreciarla en un contexto en el que al artista no se le precarice y se le valore su rol en la sociedad.
Para construir una sociedad más crítica, inclusiva y culturalmente diversa, es fundamental que el arte mantenga su autonomía y su capacidad crítica, resistiendo la lógica de mercado y la visión instrumental. Como sugiere Jacques Rancière, el arte tiene el potencial de redistribuir las percepciones y reconfigurar lo que la sociedad considera visible y significativo. Solo cuando las políticas culturales respeten y valoren esta capacidad, podremos tener una cultura viva, donde el arte florezca como un espacio de libertad, reflexión y transformación profunda.
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