Por Abner Altamirano, Psicólogo.
Hace unos días, en Temuco, ocurrió el lamentable fallecimiento de un joven producto de una riña afuera de una disco, esa misma semana nos hicimos conscientes de la vulnerabilidad de la seguridad escolar mediante el asesinato de una inspectora por parte de un joven en su colegio, luego, la violencia cruzó la cordillera cuando un estudiante argentino atacó a otro y volvió hacia nuestra zona cuando encontraron droga y un arma de fuego en la mochila de un estudiante en un colegio de Angol.
Hay factores comunes entre todos estos casos (y otros que han seguido apareciendo con el pasar de los días): estudiantes jóvenes -adolescentes- y sistemas educacionales vulnerables a la violencia.
Partamos por quienes efectúan dichas vulneraciones al sistema: los adolescentes, en esencia, son adultos en etapa prematura, personas que están descubriendo cómo funciona el mundo para luego ser parte íntegra de él, sin embargo, durante la misma adolescencia se espera que estos jóvenes en su afán exploratorio se desvíen a caminos indeseados. El tema aquí no es si se desviarán o no, porque tarde o temprano ocultarán una información, harán algo de lo que se arrepentirán o romperán una regla establecida. La problemática real es, qué tanto se desviarán y si lograrán volver al camino que sus padres intentaban pavimentar para ellos.
¿Cuál es el paso que los convierte de niños que piden dinero a los padres para salir con los amigos a perpetrar ataques a pares o figuras de autoridad? Hacia dónde y cuánto dura la “desviación” o la prueba de límites.
Un joven al azar de 15 a 17 años, que ve que crece, que intenta ser validado por la gente que lo rodea (o llamar la atención), que cree (o tal vez tiene) la autonomía para andar solo por la calle, para ganar dinero, para ser útil, para hacerse un nombre y no ser la sombra de sus padres; naturalmente buscará respuestas nuevas cuando haga preguntas y crea que la respuesta está incompleta.
La lógica es la siguiente: cualquier pregunta que pueda ser respondida con un “eres muy pequeñ@” o “cuando seas más grande” se siente como subestimación. Probablemente él/la joven cree tener alguna de sus capacidades desarrolladas al nivel de un adulto y por lo tanto quiere ser medido como tal. Y si la respuesta no está en casa, está en otro lado.
En este punto es natural que los adolescentes busquen un adulto que valide su punto de vista fuera de casa; en un profesor, en un entrenador, en un vecino, en un tío, etc. Estos adultos fuera de casa no siempre son figuras positivas para los jóvenes, puede ser cualquier persona que logre establecer un vínculo con el adolescente en desarrollo, pudiendo proyectar en él sus propias visiones del mundo. ¿Esto quiere decir que ese adulto que saluda recurrentemente a tu hijo lo está empujando a ser un delincuente? No, pero recomiendo siempre saber quiénes son.
En relación con los sistemas educacionales y su vulnerabilidad, ¿están realmente capacitados para resguardar la integridad de los y las jóvenes? La respuesta es más complicada que un sí o no.
Los establecimientos educacionales en nuestro país son en esencia lo que dicta su nombre: un lugar donde aprender lo mínimo para salir a la vida adulta y conseguir un trabajo, sin embargo, habitualmente son tratados como un centro integral de protección, resguardo y educación o también hay quien los simplifica a “un lugar donde puedo dejar a mis hijos mientras trabajo”.
Si bien las escuelas, colegios y liceos de nuestro país en su mayoría cuentan con equipos multidisciplinarios que trabajan en función de las necesidades educativas de los estudiantes (o así debería ser) y poseen personal destinado a corregir y/o sancionar conductas inadecuadas. La función principal es enseñar; aprender algo nuevo, no desaprender lo errado y corregirlo. Una anotación negativa o una suspensión no puede por sí sola cambiar la conducta de un estudiante, solo puede reorientarlo al camino correcto (si es que en algún momento existió).
Y aquí la parte incómoda del asunto: como sociedad no podemos pretender que un joven que llega al establecimiento educacional con un arma se vea reorientado al “camino del bien” porque en el colegio se le llamó la atención, aun cuando existen casos en los que ese correctivo puede que sea efectivo, aquí hablamos de un joven que se despidió de un familiar con un arma; salió de su casa con un arma o conoce a una persona que le entregó un arma luego de salir de casa; anduvo en la calle con un arma; subió al transporte público con un arma; compartió espacio con otras personas con un arma a la mano y, finalmente, llegó a “estudiar” con un arma. Asimismo, no podemos esperar que en una sociedad donde las agresiones físicas son validadas por los adultos con un “si te molesta pégale” o “pégale y yo te justifico” no existan jóvenes que en un lugar para divertirse como lo es una discoteca decidan, por la razón que sea, entablar una batalla a golpes con otra persona, porque les enseñaron que la violencia es una opción, alguien validó antes esa conducta en ellos y/o le violentó con impunidad también.
Al final el cuestionamiento es útil, pero el problema es el mismo, los últimos días se ha evidenciado que la violencia se ha instaurado como una forma de expresión que no puede frenarse en su totalidad a los jóvenes del país en los establecimientos educacionales, pero si no son ellos, ¿quién corrige?, ¿quién fiscaliza?, ¿quién enseña?, mi recomendación es un trabajo mancomunado, unir fuerzas y no simplemente culparnos entre todos rivalizando a los involucrados/as por lo ocurrido, ya que, como todo lo social, este fenómeno es multifactorial.
Entonces, ¿por dónde comenzamos? Yo recomiendo partir por casa.


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