El metano es un tipo de gas de efecto invernadero que es mucho más potente que el dióxido de carbono (CO₂), pero dura menos de una década en la atmósfera en comparación con los siglos que puede durar el CO₂. Según la NASA, es el segundo gas en contribuir en el calentamiento global.
En total, tres quintas partes de las emisiones son producto del uso de combustibles fósiles, la agricultura, los vertederos y los desechos. El resto, viene de fuentes naturales, sobre todo, de la vegetación que se pudre en los humedales tropicales y del norte.
Las emisiones de metano limitan las capacidades humanas para evitar el calentamiento global a niveles relativamente seguros. Pero lo preocupante, en realidad, es la velocidad con la que han aumentado los niveles de metano en la atmósfera. Aunque, cabe destacar que los aumentos repentinos han sucedido antes. De hecho, la elevación del metano marcó las transiciones de las glaciaciones frías a climas interglaciales cálidos.
Es a partir del año 2006, que la cantidad de metano encargada de guardar el calor en la atmósfera, ha aumentado rápidamente, el cual puede estar siendo impulsado por emisiones biológicas, no por la quema de combustibles fósiles.
Lo anterior, podría tratarse de un resultado de los ciclos climáticos naturales como el conocido fenómeno de El Niño, el cual trae calor a través del Océano Pacífico; o en el más catastrófico panorama, según expertos en el área, podría anunciar el inicio de una transición climática en la Tierra.


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