El gremio Agricultores Unidos AG alertó que una escalada en Medio Oriente podría encarecer diésel y fertilizantes, dejando fuera del sistema a pequeños y medianos productores en plena crisis de márgenes negativos.
La creciente tensión en el Estrecho de Ormuz encendió las alarmas del mundo agrícola chileno. Desde Agricultores Unidos AG advirtieron que una eventual interrupción o encarecimiento del flujo energético y de insumos estratégicos podría impactar directamente los costos de producción en el país, comprometiendo la siembra y, en consecuencia, la seguridad alimentaria.
El gremio calificó el escenario como un “tsunami silencioso”, utilizando la analogía de la retirada del mar antes de un gran impacto. A su juicio, los indicadores geopolíticos y energéticos actuales anticipan un golpe mayor si no se adoptan medidas preventivas con urgencia.
Chile depende históricamente de China para cerca del 45% de la urea y el 30% de los fertilizantes fosfatados (DAP/MAP). Además, Marruecos (que concentra alrededor del 70% de las reservas mundiales de roca fosfórica) requiere azufre que transita por el Estrecho de Ormuz para producir fertilizantes. En paralelo, el 84% del diésel que consume el país es importado, y una fracción relevante depende del flujo energético del Golfo Pérsico.
Una alteración en esa ruta estratégica implicaría un alza inmediata en fertilizantes y petróleo, elevando los costos de siembra en un sector que ya enfrenta márgenes negativos. El caso del trigo fuerte es uno de los ejemplos mencionados por el gremio, donde el precio pagado al productor se ubica muy por debajo de la paridad de importación.
El presidente de Agricultores Unidos AG, Camilo Guzmán, sostuvo que si fertilizantes y diésel se disparan, miles de agricultores no podrán sembrar. Según indicó, la cadena es directa: sin siembra no hay cosecha, y sin cosecha el impacto llega a la mesa de las familias chilenas.
Desde La Araucanía, el director del gremio, Diego Manquilef, reforzó la advertencia señalando que un alza de 30% o 40% en fertilizantes, junto a un aumento crítico del diésel, dejaría fuera del sistema a pequeños y medianos agricultores, reduciendo la producción local de trigo y avena y aumentando la dependencia externa en un contexto global inestable.
El planteamiento del gremio es claro: el conflicto en Medio Oriente no es un fenómeno distante, sino una variable económica concreta que puede tensionar el precio del pan y de los alimentos básicos, además de acelerar la descapitalización del campo chileno.
El escenario abre una interrogante mayor: ¿existe una estrategia nacional para enfrentar un eventual shock externo en insumos agrícolas y combustibles, o el país volverá a reaccionar cuando el impacto ya esté instalado en la economía doméstica?


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