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Reflexiones: La emoción del fútbol y la vida adulta

Se acercan las Eliminatorias del Mundial de Fútbol y aunque no soy una adepta al fútbol, siempre me ha emocionado ver jugar a La Roja. Nunca he estado segura del porqué, pero tengo mis teorías: la carne y el asado; o saber que hay cerveza fría en el refrigerador —porque así le dicen ustedes, ¿o le dicen frigidaire?—. Mi mente consciente me hace creer que es la idea de divertirse lo que me motiva, pero parecieran ser razones equívocas, porque  probablemente  la emoción tenga que ver más con la idea de reunión familiar —a lo que sea que quieras llamar familia—.

Personalmente, recién me integro de manera oficial a la vida adulta, y a ratos, la felicidad eufórica que me inunda al recordar que he culminado un proceso largo de estudios universitarios también está acompañada de la penumbra de observar cómo mi vida social va perdiendo sentido, porque el cansancio es mayor. Y es que la vida adulta no da tregua para las juntas y reuniones extraordinarias que incluyen asado y cerveza, y con las alzas en los precios últimamente, tampoco hay bolsillo que aguante 3 kilos de carne cada fin de semana, al menos no entre el común de los mortales. Ah, pero el partido de Chile. 

Díganme señora si quieren, perfecto. Pero lograr coordinar un momento en el que se coincida con las amistades, es un malabar que pocos han logrado dominar. Volviendo al tema central, supongo que lo que me emociona de ver el partido de Chile no guarda relación con las Eliminatorias del Mundial de este viernes, sino con la idea de que de alguna u otra manera nos haremos el tiempo para compartir con la tele de fondo y cualquier cosita que encontremos para picar en el negocio de la esquina.